Música

Miku Expo. Lo real, lo virtual y los periodistas

El 28 de febrero se dio en Barcelona, adscrito a la Miku Expo, el concierto de una de las artistas pop más singulares de nuestro tiempo: Hatsune Miku. Para quien no lo sepa, Hatsune Miku es una vocaloid, un personaje asociado a un banco de voces que cualquier persona puede adquirir y programar para que cante sus canciones y, con el software indicado, incluso hacerla bailar. Eso significa que, debido a las características de su existencia, el concierto fue uno bastante peculiar. Proyectada en forma de holograma en una pantalla gigante, con merchandising y videojuegos copando una parte significativa de la sala, se sentía como algo diferente. No exactamente como un concierto tradicional. Y eso fue suficiente como para que hubiera algunas voces que decidieran recalcar, una vez más, como «diferente» tiende a leerse como «malo».

Lo que tendría que ser una celebración y, en todo caso, un interesante objeto de estudio para críticos y ensayistas, se ha convertido en una absurda polémica en prensa y redes sociales. En tanto periodistas, entre sorprendidos y sardónicos, decían no entender por qué miles de personas podían gastar su dinero en asistir al concierto de un holograma, alguien con quien no podían tener contacto físico, en redes sociales se polarizó el debate, creando dos bandos difusos entre defensores y detractores de esta idea, prácticamente la totalidad de ellos defendiendo que no todo era virtual, también había gente allí implicada que tenían una existencia corporea verificable. Y si bien eso es cierto, eso no significa que consiguieran atacar a la verdadera base del argumento en contra. La idea de que Hatsune Miku no es real y, por extensión, su concierto no tiene más valor que ver sus videoclips en Youtube en tu teléfono móvil. 

Si el problema es la realidad o irrealidad de Hatsune Miku, si verla a través de una pantalla en forma de holograma la legitima como artista, entonces tenemos dos problemas esenciales que aclarar primero. Por un lado qué es lo que hace real a algo o alguien y por otro qué es lo que legitima a un determinado evento público como artístico.

Definir qué es lo real es muy difícil. Si quisiéramos explicarlo en una única frase, podríamos denominar como real a todo aquello que tenga un efecto verificable en al menos una conciencia. Es decir, real es todo aquello que podemos percibir, incluso aquellas cosas que nos son físicamente desconocidas. Pongamos un ejemplo sencillo. La gravedad no podemos verla, sólo la conocemos conceptualmente, pero si intentamos caminar por el aire sentiremos sus efectos sobre nuestro cuerpo al hacernos caer contra el suelo; la gravedad existe, es real, porque percibimos sus efectos incluso si no creemos en ellos. Y en ese sentido, Hatsune Miku es tan real como cualquier otra estrella del pop. A fin de cuentas, incluso si no podemos tocarla, ¿acaso podemos negar que podemos percibir sus efectos —oímos sus canciones, vemos sus bailes, sentimos sus emociones— como reales?

Esto soluciona la primera parte de nuestras preguntas. Deniega que llamar irreal a Hatsune Miku, decir que no existe, tenga sentido lógico no. Pero no deniega la segunda. La idea de cuál es la diferencia esencial entre asistir a un concierto de Hatsune Miku y ver sus videoclips en nuestro teléfono móvil. Y para entenderlo, para contestar la segunda de nuestras preguntas, lo mejor es aludir a un concepto bien conocido en occidente: la misa.

Un concierto de Hatsune Miku es como una misa en el sentido de que en ambos casos nos comunicamos con seres que son reales, pero no tienen una identidad física ya que habitan en otro mundo. En otro plano de realidad. De ese modo, el concierto, como la misa, es el espacio donde nos comunicamos con un individuo con el que, normalmente, no podemos comunicarnos; es una ceremonia donde dos mundos chocan, acercándonos físicamente a aquello con lo que, normalmente, no podemos comunicarnos. 

Esto es evidente en la misa, donde hablamos con dios, un ente real, pero sin entidad física, ¿pero acaso podemos decir lo mismo de cualquier otra clase de espectáculo? Lo irónico es que, incluso sin los avances en la tecnología, podríamos decir que sí. El teatro, los conciertos de entidades físicas y aún más evidentemente el cine cumplen exactamente esta misma función. Cuando asistimos a uno de estos eventos sentimos que compartimos un mundo en común con los individuos que lo habitan, sintiendo como reales sus historias, sus emociones y sus ideas, como si fueran tan concretas como los de la persona que tenemos a nuestro lado, incluso si son ficticias. Al ver una película, no vemos a Brad Pitt haciendo de tal o cual personaje, o no solo, sino que vemos a tal o cual personaje viviendo una determinada historia. Una que sentimos tan real como la que nos pueda contar cualquier persona a la que podamos tocar realmente. 

Porque, aunque quisiéramos, no podríamos tocarlos. No es sólo que estén al otro lado de una pantalla, o encima de un escenario detrás de unas fuertes fuerzas de seguridad, sino que cuando vemos a Taylor Swift o Brad Pitt o cualquier otro artista famoso, no les vemos a ellos: los vemos a ellos haciendo un papel. Canalizando físicamente la presencia de un ente real, pero que no existe en este mundo. Porque, en última instancia, todo son ceremonias donde aceptamos, tácitamente, el cruce entre dos mundos; la realidad de ficción que performan una serie de individuos al otro lado de una pantalla o sobre un escenario y la realidad cotidiana que vivimos normalmente. Algo que ocurre igual ante una pantalla de cine, ante un escenario con una artista física, ante un escenario con una artista virtual o ante un altar donde dios se comunica a través de un hombre.

Porque además el concierto se puede juzgar exactamente igual que cualquier otro concierto. Hatsune Miku interpretó una serie de canciones, muy bien seleccionadas, algunos de los artistas invitados, otros vocaloid, cantaron también su serie de canciones, tal vez con una selección menos inspirada, y unos músicos, estos físicos, asistieron en todo momento tocando instrumentos igualmente físicos. El sonido fue impecable, con un trabajo técnico espectacular, y un uso de las luces y las proyecciones sencillo, pero que, gracias al entusiasmado acompañamiento del público, creo una experiencia mágica y colorida. Todo un ejemplo de comunión. Un concierto vibrante, lleno de canciones conocidas y, sorprendentemente, con un toque mucho más duro durante su primera mitad de lo que cabría esperar de una diva del pop que no se arrancó por gorgoritos hasta su segunda mitad. Un resumen de lo que sería una crónica aceptable, no ofensiva y que no insiste en cribar en prejuicios para ganar unos cuantos click a costa de, una vez más, la función misma del periodismo.

Porque Hatsune Miku existe. Es real. Y decir que quienes fueron a ver su concierto fueron a ver el equivalente a una proyección de un vídeo de Youtube es como decir que quienes van a misa van a ver un trozo de madera colgar de una pared: una falta de respeto que no aporta nada.

Ese es el conflicto último detrás de todo esto. Que hay un grupo de personas que ya no sólo es que no entiendan lo que es real, sino que no respetan nada que no sea su propio paradigma. Lo que aceptan ciegamente sin plantearse su función social o personal. Porque, igual que podrían sentirse muy ofendidos con la comparación de un concierto con una misa, tampoco se habrán parado a pensar que tienen la misma función social, el mismo principio ontológico. Ejercer de ceremonia entre dos mundos para poder extender lo real a través de una comunicación bidireccional. 

Ese es el interés último de Hatsune Miku para periodistas, ensayistas e incluso académicos. Que extiende la noción de realidad más allá de lo que creíamos posibles, gracias a los cambios tecnológicos, sin por ello romper con los principios humanos que lo definen. Algo que es digno de estudio y consideración, no de mofa por parte de personas que se creen por encima de lo nuevo. De lo que no entienden. De lo que, para sus fans, es un asunto tan serio, tan importante, tan real, como cualquier otro artista de carne y hueso. Tan serio, tan importante, tan real, como un dios que es más que un trozo de madera en un edificio de piedra.

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