Literatura

Ficción detectivesca en Japón: nacimiento y evolución

LA LLEGADA DEL DETECTIVE A JAPÓN

Con la apertura de Japón al exterior en 1868, llegó un aluvión de formas y géneros literarios que se estaban dando en Occidente. Uno de los géneros que más hondo caló fue el de la novela detectivesca o policíaca. Si bien la influencia de la literatura europea y estadounidense impulsó el género en Japón, podemos encontrar dos tipos de narraciones de crimen del periodo Edo e inicios del periodo Meiji. El primer tipo serían las narrativas de juicios —de tradición china— del periodo Tokugawa, cuyo máximo representante fue el autor Saikaku Ihara, que intercalaba juicios reales con hechos producto de su imaginación. En estas obras, como su propio nombre indica, se narran procesos judiciales durante el periodo Edo: los interrogatorios a los sospechosos, las confesiones —casi siempre forzadas a través de la tortura— y la pena impuesta por el juez. El segundo tipo eran las biografías de criminales que se publicaron a principios del periodo Meiji. Las más famosas eran las de mujeres (dokufumono), aunque no estaba claro qué parte era real y cuál invención. Este género fue más significativo que las narrativas de juicios porque proporcionaba una oportunidad comercial.

A esta base narrativa que poseía Japón, se le sumó la ficción detectivesca que estaba en auge en Occidente, sobre todo en Reino Unido, Francia y Estados Unidos, países que influenciaron mucho al Japón de la época. Antes de que varios autores japoneses se lanzaran al género, se realizaron traducciones de historias de detectives, cuya estructura como tal no tenía precedentes en Japón, pero sí poseía cierta continuidad con la narrativa de crimen japonesa. Uno de los nombres más importantes fue Ruiko Kuroiwa, que tradujo famosos relatos policíacos como Los crímenes de la calle Morgue, de Edgard Allan Poe. Una de las razones por las que este tipo de ficción caló tan bien entre los lectores japoneses fue la transformación del sistema judicial que tuvo lugar en el periodo Meiji. Se cambian las confesiones forzadas de las narrativas de juicios por la búsqueda e interpretación de pruebas físicas. Los japoneses acogieron muy bien el género porque se interesaron por esa búsqueda e interpretación de las pruebas, que es la esencia de toda novela detectivesca. Tanto es así que, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, la creación de historias de detectives no ha dejado de crecer y evolucionar.

HANSHICHI: UN DETECTIVE EN EL PERIODO EDO

Los primeros relatos detectivescos puramente japoneses los protagoniza Hanshichi, un personaje basado en la figura del okappiki (atrapaladrones), es decir: un agente privado de la Policía de Edo que buscaba y detenía a criminales. Estos agentes conocían bien los bajos fondos de Edo porque muchos eran criminales reformados. Ayudaban a la policía a recabar información y detener a delincuentes y criminales. Debido a su condición, no se les contrataba de forma oficial y recibían poco dinero a cambio de sus servicios. Este personaje fue creador por Kido Okamoto, que venía de escribir obras kabuki. El primer relato se publicó en 1917, en la revista Bungei Kurabu, y la mayoría de sus relatos vieron la luz entre las décadas de 1910 y 1920. Okamoto, descontento con la presencia y gran influencia de Occidente en Japón, aprovechó el rol del detective clásico occidental y lo transformó en un samurai que investiga casos por la ciudad de Edo. Para ello, emplea la fórmula occidental de reconstruir el crimen a través de una investigación. La diferencia radica en que Okamoto hace uso de la tradición japonesa para que su detective resuelva los casos. Es decir, se apoya en supersticiones y deja de lado las pruebas científicas y empíricas que son la base de detectives como Sherlock Holmes. Okamoto admiraba a Arthur Conan Doyle, pero no quería imitarlo. Es por lo que se limita a coger la forma y cambia el contenido.

Los relatos de Hanshichi tienen lugar en el periodo Edo, pero los narra desde el periodo Meiji, época en la que vive su vejez. Dichas historias no se las relata directamente al lector, sino que las trasmite a otro personaje, que será nuestro narrador directo y que habla desde el periodo Taisho, creándose así un cordón umbilical entre tres periodos diferentes de la historia japonesa. Esa narración en primera persona crea una conexión con el pasado, y el viejo Hanshichi relata sus investigaciones desde un punto de vista nostálgico y nacionalista. En dichos relatos, hay referencias a piedras angulares de la cultura japonesa tradicional: obras literarias y dramáticas antiguas —como el kabuki—, famosos actores ya fallecidos, poesía clásica, el calendario lunar y un largo etcétera. Como se ha comentado antes, Hanshichi se sirve de su sexto sentido y de las corazonadas para resolver los misterios; a diferencia de Sherlock Holmes, que siempre emplea la deducción y la razón. En sus 68 relatos detectivescos ambientados en Edo, Hanshichi transmite su nostalgia por el Japón borrado tras la apertura a través de detalles culturales del periodo Edo casi eliminados.

HONKAKU: EL DETECTIVE CLÁSICO

En las décadas de 1920 y 1930, conforme Japón se moderniza, van apareciendo más escritores que se dedican a la narrativa detectivesca clásica, o honkaku. Estos autores conocían a la perfección el género y lo consideraban puramente occidental. Al contrario de lo que pueda parecer, esto jugaba en su contra, pues les hacía dudar de su valor como escritores por estar llevando a cabo una imitación autoconsciente de esos autores extranjeros. Les pesa ser escritores de un género prestado por una cultura que ven, por lo menos hasta cierto punto, invasora. Al tratarse de un género nacido fuera de las islas japonesas, consideraban que la calidad de sus escritos no estaba a la altura de los autores franceses, británicos y estadounidenses, a los que admiraban. Este complejo de inferioridad se reflejaba en publicaciones de la revista Shinseinen, que contenía mucha ficción detectivesca, así como ensayos sobre el tema. «¿Por qué no hay ficción detectivesca buena en Japón?». Esta era una de las cuestiones sobre las que se reflexionaba en la revista. Algunos creían conocer la respuesta. En primer lugar, la novela detectivesca se moldeó en la era de la modernidad y la racionalidad. Si Japón no era capaz de crear novelas detectivescas al nivel de las occidentales, probablemente sería porque el país seguía anclado en la época premoderna, en los años que el detective Hanshichi contemplaba con nostalgia. Aludían a la supuesta incapacidad de los japoneses de razonar de forma lógica. Además, otro de los problemas atendía simplemente a una cuestión de arquitectura: en las construcciones tradicionales japonesas, las habitaciones no pueden cerrarse con llave como las occidentales. Este detalle, aparentemente nimio, entorpecía el desarrollo de los locked-room mysteries, o misterios de habitaciones cerradas, que tanta fama habían adquirido.

Este complejo de imitar lo occidental queda patente a lo largo de toda la obra de Ranpo Edogawa, posiblemente el escritor japonés del género más conocido fuera de Japón y fundador de la Asociación Japonesa de Escritores de Misterio. Edogawa leyó a Edgard Allan Poe (de ahí de hecho viene su nombre, que en el orden japonés se lee Edogawa Ranpo y que es como suena el nombre del autor leído con la fonética japonesa) y Arthur Conan Doyle, entre otros, durante sus años universitarios. En 1923 se publica, en la ya mencionada revista Shinseinen, su primer relato sobre una detención. Esto supuso una novedad ya que los relatos detectivescos que aparecían en dicha revista eran siempre traducciones de relatos extranjeros de autores como Edgard Allan Poe, Arthur Conan Doyle o Gaston Leroux. Fue por lo tanto un pionero. Esta revista, dirigida a jóvenes y de temática variada, jugó un papel crucial entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, pues ayudó al crecimiento de Edogawa como escritor y contribuyó al desarrollo de la ficción detectivesca japonesa. Tras el relato de Edogawa, la revista fue aumentando el número de relatos escritos por japoneses. Así, en 1925 había concursos de escritura, instrucciones sobre cómo pedir ficción extranjera por correo y ensayos sobre los propios relatos publicados en la revista que se hacían preguntas como la que ya se ha analizado.

El personaje que más usó fue el detective Kogoro Akechi, que es la antítesis del Hanshichi de Kido Okamoto. Akechi es un detective cosmopolita que no vive en Edo, sino en la moderna Tokio. A lo largo de los relatos, hay una transformación hacia un personaje más moderno, que cambia el tradicional kimono por el novedoso traje de chaqueta occidental. Uno de los relatos más famosos protagonizados por Kogoro Akechi es El asesinato de la cuesta D. Este relato se divide en dos partes: hechos y conjeturas. Podemos ver, por lo tanto, que Edogawa usa el sistema de investigación típicamente occidental, el de analizar lo acontecido y llegar a las conclusiones a través de las pruebas físicas. Es más, en el relato, Kogoro hace referencia explícita al examen asociativo que realizan Dupin en Los crímenes de la calle Morgue y Sherlock Holmes en El paciente interno. En los relatos detectivescos de Edogawa, aparecen los temas recurrentes de las suplantaciones de personalidad y las transformaciones e hibridaciones monstruosas. Esto no es otra cosa que un reflejo de su ansiedad por la identidad cultural y occidentalización de Japón, pues sentía que se limitaban a imitar a Occidente en lugar de crear algo genuinamente original; concibiendo así una suerte de monstruo híbrido entre Japón y Occidente. Al contrario de lo que pueda parecer, su éxito dentro del género detectivesco no le provocaba otra cosa que ansiedad por ser el representante de un género de origen occidental.

Como es lógico, durante la Segunda Guerra Mundial, hubo un parón en la ficción detectivesca debido en parte a las autoridades, que la veían como inútil y desaprobaban que en esas historias japoneses asesinaran a sus compatriotas. Aunque los autores no se vieron perseguidos ni se censuró ninguna obra. Paradójicamente, si bien es cierto que el número de publicaciones disminuyó, consiguió mantenerse en un mínimo ya que a los soldados les gustaban estas historias y los militares distribuían suficiente papel a las editoriales para continuar con su publicación. Tras la guerra los escritores quisieron contribuir a la reconstrucción del género y del país. Seishi Yokomizo —editor de la Shinseinen a finales de la década de 1920— fue uno de los autores que dirigió la recuperación, pues animó a sus colegas a incentivar el pensamiento racional a través de los escritos; cosa que tal vez hacía mucha falta tras unos oscuros años de espiritualismo, superstición, nacionalismo y sintoísmo de estado que llevaron al país a los horrores bélicos. Una de sus contribuciones fue la serialización de Rokku, una revista dedicada a la ficción detectivesca. Yokomizo usaba este género para buscar su identidad intelectual e ideológica separada de los constructos confucianos, el capitalismo y el nacionalismo. Creía que el país se podía reconstruir haciendo que los lectores razonaran junto al detective protagonista. Para ello, se servía de los misterios de cuartos cerrados, cuya resolución solo es posible a través de la lógica y no de la creencia en una fuerza sobrenatural. Al contrario que Edogawa, no le preocupaba no ser completamente original y hablaba abiertamente de sus fuentes de inspiración, que eran escritores occidentales.

Si Kogoro Akechi era el detective insignia de Edogawa, Kosuke Kindaichi será el de Yokomizo. A través de los ojos de este audaz personaje, el autor hace una crítica al conservadurismo del Japón rural. Escapando de los bombardeos a Tokio durante la etapa final de la Segunda Guerra Mundial, Yokomizo descubre que el ámbito rural tiene tantas sombras como los barrios más sórdidos de Tokio y que aún impera la irracionalidad. El ejemplo más famoso lo encontramos en Asesinato en el Honjin. Este relato es un clásico misterio de habitación cerrada donde el narrador, escritor a su vez de novelas detectivescas, le habla al lector. A lo largo del relato, encontramos referencias a famosos autores occidentales, como S. S. Van Dine, Gaston Leroux, Dickinson Carr, Ellery Queen e incluso Agatha Christie. Los personajes del ámbito rural son una representación del Japón feudal, que aún persiste a pesar de que el periodo Edo acabó hace décadas. Por su parte, Kosuke Kindaichi, urbanita y habiendo estudiado en el extranjero, aporta el lado racional y consigue resolver el misterio. Yokomizo fusiona objetos tradicionales japoneses, como una katana o un koto —que son pruebas del crimen—, con la racionalidad del hombre moderno personificada en Kindaichi.

Edogawa y Yokomizo son ejemplos perfectos de la primera corriente de ficción detectivesca japonesa: la heredera directa del detective clásico occidental, los whodunit y los locked-room mysteries; donde, si bien cabe crítica social y reflexión personal, lo que impera es el entretenimiento, el misterio por resolver.

SHAKAI: EL DETECTIVE EN SOCIEDAD

La literatura detectivesca no escapó del impacto de la Segunda Guerra Mundial. Apareció una nueva corriente bajo el nombre de shakai (social). El responsable —de manera no intencionada— de este nuevo movimiento dentro del género fue Seicho Matsumoto. Ganador del Premio de la Asociación de Escritores de Misterio por Kao, casi todas sus novelas fueron best-sellers, lo que provocó que las ventas de este tipo de ficción aumentaran de forma notable.

Crítico cultural y activista, Matsumoto reinterpreta la función del detective clásico. Los personajes de sus novelas se ven afectados por los grandes cambios socioeconómicos que estaban teniendo lugar en el momento de su escritura, a finales de la década de 1950 y la década de 1960. Estos cambios dieron lugar a problemáticas como la corrupción, los escándalos políticos y sexuales o la alienación; injusticias que son la causa de los crímenes entorno a los que se van a desarrollar sus narraciones. Matsumoto no se agarra del plot twist —tan característico de las obras clásicas—, sino que se centra en los motivos que tienen los personajes para cometer un crimen; en que cualquier persona, en ciertas circunstancias, es capaz de convertirse en un criminal. Es decir, no carga al individuo con toda la culpa, sino que parte de esta la dirige a la sociedad, tan cambiante en el Japón de la época. Dibuja así el perfil psicológico de sus personajes en el lienzo de la problemática social del momento.

Todas estas características están presentes en una de sus novelas más famosas, El expreso de Tokio, en la que un supuesto doble suicidio —conexión con la tradición japonesa— desencadena una investigación policial que acaba desvelando toda una trama de corrupción política. Matsumoto presenta, por lo tanto, un motivo para el crimen. El motor que mueve la investigación no funciona solo con el deseo o la necesidad de encontrar al culpable y su modus operandi, también precisa de hallar el motivo del asesinato. La intervención de la Policía científica y la figura del forense es importante, pues sobre sus conclusiones se basa la investigación que a posteriori llevarán a cabo los dos investigadores principales. Para ello, se sirven estrictamente de una metodología científica —muy alejada de los métodos de Hanshichi—, una cronología de los hechos, análisis detallados de los cadáveres, interrogatorios a testigos oculares y un perfil psicológico del asesino, al que le atribuyen «[…] una suerte de desviación psicológica, una especie de éxtasis perverso completamente alejado de la normalidad». Tampoco falta la crítica a los medios de comunicación, de la que se encarga el primer investigador del caso, Juntaro:

«El doble suicidio suscitó cierto revuelo entre la prensa, que lo relacionó con el escándalo de corrupción política, pero los periodistas se tomaron el asunto muy a la ligera y llegaron a la conclusión de que se trataba de un doble suicidio, saltándose las operaciones que hay que llevar a cabo para resolver cualquier problema matemático; Juntaro tenía la sensación de que las fases previas al razonamiento se habían escapado a través de una rendija».

Juntaro equipara el proceso de investigación a un problema matemático, cuya resolución se basa puramente en la lógica y el razonamiento. Es así como el autor representa el proceso detectivesco, como uno plenamente empírico, alejado de cualquier superstición o conclusión a la que se llegue a través de conjeturas sin fundamento. En El expreso de Tokio, queda patente por qué Matsumoto es el principal exponente de la vertiente social del género. Tras descubrir al asesino, el investigador principal del caso, Kiichi, llega a esta conclusión:

«Quien se ha llevado la peor parte son sus subordinados, que se han dejado pisotear para demostrar su lealtad; porque cuando uno se da cuenta de que su superior se ha fijado en él, hace lo posible para caerle en gracia, aunque estén utilizándolo. La ambición de querer ascender es así de triste».

A través de las palabras del protagonista, vislumbramos las del propio Matsumoto, que deja reflejada su opinión sobre una porción de la sociedad japonesa, en la que el éxito profesional confería el mayor logro al que podía aspirar un hombre, aunque hubiese que cometer actos deleznables.

Al ser un autor con una notable conciencia social, muy político y de inclinación izquierdista sus seguidores acérrimos van a ser escasos. Aunque Matsumoto no se consideraba así mismo un autor de ficción proletaria, para los críticos sus obras eran más que simple entretenimiento. De hecho, algunos la incluyeron en la literatura pura y no en la popular, lo que lo ha colocado en uno de los pedestales de la literatura japonesa del siglo XX. Tanto es así que influyó mucho en una serie de escritoras que comenzaron a publicar novelas policíacas y de misterio a finales del siglo XX. Entre ellas, la más destacada de Miyuki Miyabe.

En 1987 Miyabe, taquígrafa en ese momento, gana el premio de la Asociación de Escritores de Misterio de Japón por el relato con el que debuta, lo que ayuda a desencadenar el boom de la escritura de crimen femenina en el Japón de los 90, con autoras como Natsuo Kirino o Kaoru Takamura. Pero la obra que consolidará la carrera de Miyabe será La sombra del kasha —publicada en 1992—,su mayor best-seller y un ejemplo perfecto de la mencionada influencia de Matsumoto en esta generación de escritoras del género. Aunque la propia autora le ha restado importancia a la lectura social de su obra, leyendo La sombra del kasha es imposible no fijarse precisamente en el trasfondo sobre el que se construyen la historia y los personajes. En la novela, Honma, un inspector de la Policía Metropolitana de Tokio, que está de baja laboral, se ve envuelto en la investigación de la desaparición de la prometida de su sobrino. El trabajo detectivesco que lleva a cabo Honma se enmarca justo después de los años de la burbuja financiera japonesa, paisaje perfecto para ahondar en temas como el consumismo, la insolvencia personal y el sistema de préstamos sin regular, problemas que empapaban el tejido social del Japón de la década de 1990.

Miyabe se centra más en hacer que su protagonista descubra los motivos de la asesina que en la propia identidad de esta, como hemos visto que sucede en El expreso de Tokio. En esa búsqueda, sus personajes reflexionan sobre el sistema crediticio japones, las prácticas no reguladas de los prestamistas —y sus tasas de interés abusivas— y el consumismo exacerbado como medio para que las mujeres jóvenes formen una identidad y cumplan sueños. Al exponer estos problemas —propios de una sociedad enferma— Miyabe, si no justifica, al menos quiere comprender los actos de la asesina, una mujer que ha caído en la red del capitalismo posmoderno. Lo que nos guía a una lectura, además de social, feminista de la novela. En un género donde el asesino es hegemónicamente un hombre, Miyabe coloca a una mujer en ese papel. Una mujer consumida —valga la redundancia— por el consumismo de ese Japón, que la lleva a la quiebra económica; un consumismo que ni siquiera es culpa suya, pues son sus padres los deudores. Miyabe la pone entre la espada y la pared, y sobre esa situación construye una historia detectivesca que no se queda en simple entretenimiento, sino que nos ayuda —a través de Honma, que es un hombre que no entiende en absoluto a las mujeres— a comprender mejor la posición de estas en una época de crisis económica, social y, por lo tanto, indentitaria.

La distinción entre las dos principales corrientes de la ficción detectivesca japonesa es clara. Estas diferencias son lógicas porque cada corriente es hija de su época. La honkaku bebe más directamente de su análoga occidental y de la proto narrativa detectivesca del periodo Meiji. Los autores se enfrentaban, en gran parte, a un tipo de ficción nueva, muy occidental por ciertas características. En algunas ocasiones, esto les quitaba cierta libertad a la hora de crear y les hacía replantearse su papel como autores, pues se sentían meros imitadores de la forma occidental. Esa impresión, no de crear, sino de imitar, era la consecuencia lógica de una época en la que Japón se dedicaba a copiar avances tecnológicos, científicos y militares de los países occidentales. Era inevitable que esa tendencia llegase también al mundo de las artes. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial dejó patas arriba el país. Como siempre ocurre, las crisis socioeconómicas —y en este caso también espiritual e identitaria, al admitir el emperador que no tenía ascendencia divina— se ven reflejadas en los movimientos literarios de la época. De esta forma, surge una nueva corriente de ficción detectivesca, la shakai, que va a profundizar en el carácter social de este tipo de ficción, ahondando más en la psique de los personajes —tanto de los criminales como de los detectives— en un intento por comprender sus actos. Para ello, los autores analizan el entorno en el que viven sus personajes; remarcando así la conexión entre el individuo y la sociedad. Lo importante no es simplemente saber quién es el asesino y qué ingenioso truco ha usado para cometer su crimen, como ocurre en las novelas detectivescas clásicas; lo importante es conocer las motivaciones del criminal, entender su pasado, su entorno y su situación para comprender su mente. La ficción detectivesca pasa de una mera forma de divertimento a una literatura cargada de crítica social que se sirve del misterio para llevar a cabo su objetivo: que el lector reflexione.

Aunque estas son las dos corrientes más importantes, por supuesto, existen otras. De hecho, en la década de 1980, hubo un revival de la honkaku, cuyo máximo exponente fue Yukito Ayatsuji con Los asesinatos de la casa decagonal (1987). A esta nueva corriente incluso se la denominó shinhonkaku (nueva honkaku). Aunque las obras pertenecientes a esta corriente siguen los patrones de la novela detectivesca clásica, vamos a encontrar ingredientes propios de la época posmoderna; ya que, como se ha mencionado anteriormente, la literatura es hija de su tiempo. Existe incluso la fusión de ambas corrientes principales. Una serie de autores que no se sienten obligados a elegir entre una u otra y fusionan ambas, dando como resultado una hibridación que tal vez Edogawa no despreciase tanto como la resultante de la ficción occidental y japonesa. Pero, a pesar de las diferencias entre todas estas corrientes, hay algo que las permea y es inamovible de toda novela detectivesca; una concepción que se resume en esta idea que plasma Matsumoto en El expreso de Tokio: «La fe de un investigador es lo que lo empujar a llegar hasta el fondo de un caso sin abandonarlo jamás».

Al hacer este recorrido sobre el nacimiento y desarrollo de la ficción detectivesca en Japón, queda patente que, aunque surgió como una forma literaria por imitación, también es un género donde tiene cabida la reflexión sobre la identidad y los problemas sociales de Japón. Los autores supieron aprovechar el molde que llegó de Occidente y con él esculpieron obras únicas que nutren el conjunto de la ficción detectivesca global. La ficción detectivesca en japonés se ha ido abriendo camino a lo largo del siglo XX, convirtiéndose en uno de los géneros más escritos y leídos. Sobrepasando las páginas de los libros y llegando también a otros medios, como el manga, el anime y los videojuegos. Una vez más, Japón ha sabido hacer suyo algo que, en un principio, no lo era. Solo nos queda preguntarnos qué pensaría Edogawa de la situación actual de ese género que le dio felicidad y sufrimiento a partes iguales.

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