«La silueta del edificio formaba un triángulo negro en el suelo de losas marrones».
Esta descripción podría ser perfectamente la de un guion de cine negro, pero se trata de un fragmento de El misterio del cisne negro, una novela de Tetsuya Ayukawa, ganador de varios premios dedicados a autores de misterio japoneses. La novela se está publicitando y reseñando en los medios en castellano como un clásico del género honkaku, y aquí es donde debo discrepar en parte. Pero, antes de exponer mis razonamientos, bosquejemos rápidamente el retrato de este género. El honkaku, como su nombre indica, es el subgénero clásico japonés de las novelas de detectives heredadas de Occidente, concretamente de Reino Unido, Francia y Estados Unidos. Autores como Edogawa Ranpo o Seishi Yokomizo popularizaron este género en Japón durante los años treinta y cuarenta a través de sus famosos detectives, Kogoro Akechi y Kosuke Kindaichi. En este sentido, Ayukawa encaja dentro del patrón del honkaku, pues él también creó a un personaje protagonista de varias de sus novelas, el inspector Onitsura, que cabe perfectamente en el molde que había creado Arthur Conan Doyle para Sherlock Holmes.
Onitsura y su compañero Tanna forman la dupla de veterano avezado y novato inexperto que, durante el proceso de investigación, aprende de su maestro; siendo el ejemplo de Holmes-Watson el que seguramente nos venga antes a la cabeza. Ayukawa nos describe a Onitsura como un hombre prudente, demasiado realista para dejar volar la imaginación, paciente y perseverante, pues no elude el trabajo aunque resulte complicado. Su proceso mental se basa en el razonamiento característico del detective o investigador clásico. Asegura que todo puede demostrarse mediante la lógica y tiene un método propio que sigue en sus investigaciones: escucha los testimonios, aplica una lupa de aumento, aguza los sentidos y detecta contradicciones y errores en dichos testimonios. En un par de ocasiones, usa una lupa física —herramienta bandera del detective clásico— para analizar en detalle una fotografía. Además, comparte con su análogo inglés cierta tendencia a caer en la fisiognomía, pues presupone en varias ocasiones el temperamento, la personalidad o las virtudes y los vicios de una persona por sus rasgos físicos; aunque en una de esas ocasiones es consciente de que se ha formado una imagen prejuiciosa por su físico. Ayukawa se sirve así del género clásico para dar forma a un relato cuyo contenido se acerca más a otro subgénero, el shakai.
La corriente shakai surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la sociedad japonesa transitaba entre la posguerra y el milagro económico, que comenzaría a despegar en la década de los sesenta. Los autores de shakai incluyen en sus obras con mucha más fuerza el factor social, reflejando todo tipo de problemáticas que calaban hondo en la vida de la población. Es precisamente esto lo que Ayukawa plasma en El misterio del cisne negro, que se publicó en 1959, a las puertas del mal llamado milagro económico. Dicho milagro solo pudo suceder con el trabajo de una población que, empobrecida tras la guerra, había tenido que trasladarse a Tokio en busca de trabajo, muchos de ellos en el sector de la construcción, pues Tokio, habiendo quedado devastada por los bombardeos, necesitaba que la reconstruyesen. A buena parte de los trabajadores llegados del campo se los alojó en Sanya, un barrio al norte de Tokio repleto de pensiones baratas donde se alojaban —y se siguen alojando— trabajadores sin hogar. En El misterio del cisne negro entramos en Sanya cuando los inspectores van en busca de un posible testigo. Ayukawa describe muros de cemento y postes de luz cubiertos con anuncios de habitaciones en pensiones y ofertas de trabajo. También dice que hay reclutadores callejeros que se saltan los canales oficiales del Gobierno y se llevan directamente a los trabajadores en sus camionetas. Cuando acuden a una oficina de empleo, uno de los policías la describe como un lugar deprimente. Ayukawa nos muestra la cara B de la recuperación económica de Japón, en la que suenan los pasos de miles de trabajadores que cada día van a trabajar. Una imagen sobre la que reflexiona otro de los personajes —Narumi— cuando, en una estación, observa a todas las personas que transitan por ella:
«Todos ellos parecían compartir el deseo de llegar a casa cuanto antes para disfrutar del último minuto de su tiempo libre. El flujo ininterrumpido de personas le recordó al avance de las piezas de la cadena de montaje de una fábrica».
Es natural que se dibuje en su mente esa imagen porque Narumi trabaja en una fábrica textil, siendo además uno de los líderes sindicales de la empresa. Como tal, es el encargado de encabezar la lucha por varias exigencias, como el aumento salarial o las indemnizaciones por despido. Ayukawa retrata la sede central del sindicato como un edificio estrecho, sucio, mal ventilado y sin luz natural; donde los pósteres agitprop sirven también para tapar los desconchones de la pared. Queda claro la dejadez de la empresa por su sindicato; y digo que es suyo porque, en los cincuenta, surgieron los sindicatos de empresa, donde todos los empleados están sindicados, pero a través de los cuales las empresas pueden controlar mejor las luchas de los trabajadores. Durante esos años —en gran parte por los efectos de la ocupación estadounidense— los trabajadores pasaron a posturas más moderadas, como podemos ver reflejado en Narumi, que desprecia a los sindicalistas que organizan manifestaciones grandes que interrumpen el tráfico y que rechaza llevar en la cabeza el característico pañuelo blanco de los manifestantes de la izquierda japonesa. Se mencionan también las discrepancias con los líderes de la antigua cúpula sindical, trazando así el complejo mapa de partidos y sindicatos que fue Japón tras la Segunda Guerra Mundial.
Otro tema interesante que toca Ayukawa, ya al final del libro, es el del centralismo político, social y cultural de Tokio. Un personaje secundario —orgulloso tokiota— afirma que las personas que se han mudado a Tokio desde otras regiones están mutilando el idioma y pervirtiendo la cultura de Tokio. Aquí es necesario explicar que durante el periodo Meiji se había establecido un japonés estándar forzado por el Gobierno, que deseaba equiparar a Japón con las potencias occidentales y crear un sentimiento nacionalista a través de la unificación del idioma. El dialecto que se tomó como modelo para esta estandarización de la lengua fue el de la clase media de Tokio. Además de empezar a editar y publicar libros de texto en ese dialecto, se alimentó el complejo de inferioridad entre aquellos que no hablasen el dialecto tokiota. Uno de los métodos para ello fue el uso en escuelas regionales de etiquetas que debían ponerse los niños que hablaban en su dialecto y que, en ocasiones, implicaba un castigo físico. Durante la posguerra y hasta el milagro económico, este empeño por estandarizar el idioma vivió su punto álgido. Por ello, no es raro encontrarse en esta novela, publicada a finales de la década de los cincuenta, un personaje con el discurso de que toda la cultura de fuera de Tokio, incluidos los dialectos u otros idiomas, es inferior; con la mentalidad de que los que vienen de fuera han llegado para pervertir y manchar una cultura superior al resto.
Como podemos ver, la novela está incrustada en un marco histórico y social muy concreto, de cuyas circunstancias sus personajes no pueden escapar. Ayukawa, aun con sus numerosas referencias a las novelas de detectives al más puro estilo honkaku, y aun perfilando a sus inspectores con la paleta del detective clásico, nos ofrece un relato que, además de exponer un intrincado misterio, sirve como documento histórico sobre un momento muy concreto de la historia del siglo XX de Japón. A mi parecer, en El misterio del cisne negro, crea un híbrido entre las corrientes honkaku y shakai con lo mejor de cada una de ellas.

